El crepúsculo de los tiranos

Han caído tantas cabezas en 2011 que da vértigo. Ben Ali tuvo que huir de su país. Mubarak afronta un proceso judicial desde su camilla. Gadafi ha encontrado la muerte que temía. Bachar El Asad ha perdido definitivamente la cabeza, aunque aún la conserve sobre los hombros gracias a la ferocidad de la represión: tendrá que ceder. Ningún tirano es eterno. Incluso Kim Jong-il ha acabado falleciendo. Aunque sin modestia. En su caso, el pueblo norcoreano no ha encontrado la fuerza ni para alzarse ni para contener las lágrimas.

La tiranía establecida en Corea del Norte no tiene nada en común con los regímenes autoritarios árabes, ni tampoco con las dictadoras soviéticas de antaño. Estamos ante algo completamente diferente: una secta de 20 millones de personas. Las imágenes que nos llegan resultan irreales. Se diría que asistimos a un viaje en el tiempo, en otro planeta, descubriendo un laboratorio donde un grupo humano se encuentra encerrado y sometido a un inmenso experimento de condicionamiento. La manera en que lloran los norcoreanos nos recuerdo cuán frágil es el espíritu crítico, cómo el ser humano puede ser programado, desprogramado, manipulado. Siempre con la misma receta: un enemigo, un relato y el miedo como perro de presa.

Las tiranías tienen sus matices y sus grados, pero comparten lo esencial. Ya digan hablar en nombre de la nación, la religión o el pueblo, que se rijan por un libro rojo o un libro verde, harán siempre prevalecer sus pulsiones de poder y dominación por encima del interés de todos. El número de víctimas de estos regímenes es tan elevado que uno se pregunta por qué duran tanto tiempo. Y sin embargo, antes de caer, duran e incluso son « populares ».

Contrariamente al efecto óptico que se alimenta como un mito, el « pueblo » no es una masa, sino una metáfora: la del consentimiento tácito de una mayoría pasiva respecto a una minoría activa, que oprime o libera. Basta con un clan para acaparar el poder en la cúspide y aterrorizar a la base, a través de una cadena de dominaciones y cobardías. Pero también basta con una minoría con coraje para deshacer la pirámide e incluso invertirla, lo cual es trágico y reconfortante a la vez. Tras un año en el que tantos tiranos han caído, 2012 nos trae un mundo en transición, donde todos los caminos son posibles.

Entre el final de las « primaveras » árabes, el principio de los inviernos integristas y la crisis económica, la brújula del mundo se ha quedado sin norte. Las fronteras entre el Este y el Oeste, entre Oriente y Occidente, entre el Norte y el Sur ya no son tan claras como solían. Todas las naciones y todas las grandes agrupaciones regionales, empezando por la Unión Europea, han de luchar para mantener su lugar en el mundo, o ceder al repliegue y salir del mapa. O de la Historia, que avanza a tanta velocidad.

Los « pueblos » en marcha no dejan de dudar entre el deseo de creer en las fábulas y la exigencia de un discurso veraz. En cada curva, habrá que escoger la menos mala de las rutas, aunque sea difícil, o dejarse emborrachar de epopeyas. Siempre agradables de escuchar, a veces necesarias para superar la adversidad, pero que a veces también sirven para preparar el terreno de aprendices tiranos. ¿Cómo orientarse? Si hubiera un mapa absolutamente fiable para 2012, la situación resultaría demasiado simple. Y mucho menos apasionante.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde el pasado 30 de diciembre. Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

http://www.vozbcn.com/2012/01/02/98033/crepusculo-de-los-tiranos/

 

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