Las inquietantes paradojas de Vladimir Putin

El hombre no carece de paradojas inquietantes. Empezando por esa manía de denunciar la injerencia de Europa o de los Estados Unidos en los asuntos ucranianos, cuando la comunidad internacional se ha visto forzada a intervenir porque Rusia no deja de interferir y de desestabilizar Ucrania. En esta región del mundo, las palabras sencillamente han perdido todo sentido, de tanto que la propaganda rusa ha retorcido la realidad contra sí misma para preparar a la opinión para lo peor, la guerra.

 

Cuando los manifestantes ocupaban la plaza Maïdan, Rusia empujó al presidente del entonces, Víktor Yanukóvich, a mostrarse inflexible, hasta que ocurrió el baño de sangre que se conoce. Una masacre a golpes de francotirador –sobre los cuales es absolutamente necesario que investigue una comisión independiente—le ha hecho pasar de presidente electo a presidente ilegítimo. En lugar de rendir cuentas, Yanukóvich prefirió huir, antes de ser reemplazado por un gobierno provisional que no ha sido elegido directamente por el pueblo, sino por sus representantes: el Parlamento. Estamos lejos del “golpe de Estado fascista”, como lo denomina Moscú.

 

Este gobierno de unión nacional, provisional, incluye efectivamente a algunos representantes de la peor ultraderecha que participó en las manifestaciones de Maïdan: el Sector de Derecha (Pravy Sektor) y Svoboda. Pero sus militantes no controlan en absoluto las riendas del gobierno. Un gobierno que ha reaccionado de manera increíblemente serena y calma ante las repetidas y sistemáticas agresiones provenientes de Moscú, con el objetivo de hacer naufragar esta transición, por definición transitoria… algo que lo cambia todo.

 

Este gobierno provisional debe devolver las llaves el próximo 25 de mayo, tras unas elecciones libres, salvo si éstas son arruinadas por el caos que Moscú intenta producir. Los sondeos prevén unos resultados más bien modestos para la extrema derecha, bien por debajo de la ultraderecha europea o francesa, cuyos dirigentes son tan afines a Vladimir Putin. Hasta el punto de que Moscú ha llegado a invitar a neofascistas europeos como “observadores” para validar su referéndum-fraude en Crimea. Otra paradoja.

 

Revolución popular contra provocaciones anti-elecciones

 

La paradoja más flagrante corresponde sin duda a lo que dice Rusia sobre las operaciones de desestabilización en el este. Moscú llega hasta el punto de calificar de “manifestantes pacíficos” a los hombres armados, uniformados, que toman por asalto edificios oficiales como comisarías de policía, mientras Rusia continúa considerando “terroristas” a los manifestantes espontáneos de la Plaza Maïdan. Ya no es ni cinismo, ni doble vara de medir, es simplemente el mundo al revés…

 

Moscú niega estar implicado en conspiraciones, pero ¿quién puede creerlo? ¿Quién puede creerse una sola palabra de Vladimir Putin ? El hombre que juró no anexionarse Crimea y lo hizo unas semanas más tarde… Si las tropas que operan en este mismo momento en la región del este fueran espontáneas, cabe preguntarse por qué llevan uniformes, cómo lo hacen para estar tan bien armadas, tan bien coordinadas, y sobre todo, ¿por qué haber esperado a que la situación se estabilizara en Crimea, que la comunidad internacional empezara a adormecerse, para pasar a la ofensiva? Si no se trataba más que de ciudadanos realmente asustados por el gobierno transitorio, ¿por qué no salieron a la calle para manifestarse desde el primer día? ¿Para qué tomar al asalto posiciones estratégicas, en lugar de plazas? ¿Para qué ahora y para qué mantener la resistencia, si el gobierno transitorio ha prometido celebrar una consulta sobre la federalización del país al mismo tiempo que las elecciones?

¿Para qué, si no es para perturbar y dificultar la consulta popular del 25 de mayo (y no para escuchar al pueblo ucraniano)? Se trata de unas elecciones donde los pro-rusos podrán votar, si lo desean, a un candidato del Partido de las Regiones (más bien pro-ruso), como el que recientemente han agredido manifestantes de ultraderecha para hacerle pagar lo que ocurre en el este. Una violencia que merece sanciones, y que Moscú no deja de fomentar: ese es el objetivo de toda esta mascarada. Empujar a los ucranianos a cometer errores, producir caos y, a ser posible, provocar represalias que permitan a Moscú aplicar su nueva regla: interferir en todo territorio en el que ciudadanos rusos puedan sentirse en peligro. Ejercer este chantaje para obtener la federalización de Ucrania, si no es por las urnas, mediante la intimidación. Una federalización que le permitirá mantener su influencia sobre los gobiernos locales de esos territorios.

Europa no puede ceder a ese chantaje

Europa y las Naciones Unidas deben reaccionar. Pero la ONU, como es conocido, está paralizada por el veto de Rusia. Se ve en Siria, y de forma aún más flagrante en Ucrania. Sin embargo, si la comunidad internacional no consigue mostrarse firme, se arriesga a enfrentarse a consecuencias bastante más severas que el incremento del precio del gas: la vuelta al orden internacional de antes de 1945, dictado por la ley del más fuerte y sometido al imperialismo cínico, desacomplejado, que ni siquiera necesita excusas para violar las fronteras de terceros países. Tan sólo un ejemplo, en el corazón mismo de Europa… ¿qué ocurriría si el populista húngaro Víktor Orban decidiera un día imitar a su amigo Putin e invadiera todo país limítrofe en el que vivan ciudadanos de lengua húngara, como es el caso en Transilvania, la región rumana que la ultraderecha húngara –que Orban aspira a seducir—quiere anexionarse desde hace años?

Ese día todos pagaremos un tributo muy serio, mucho más serio que la explosión del precio del gas. Ese es el drama de las relaciones internacionales: no hay ningún precedente sin respuesta que no anuncie nuevos dramas. Vale cuando los Estados Unidos se ahorran acudir a la ONU para llevar a cabo acciones punitivas preventivas en Irak. Y vale cuando el cinismo imperialista de Moscú alcanza tales cumbres. Decididamente, la Unión Europea se juega su honor, su imagen y una parte de su futuro en este cara a cara, indeseado, con Vladimir Putin.

 

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

Reproducido en español con autorización de la autora.

Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes

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