La post-primavera ucraniana

Como ya ocurriera en el caso de las primaveras democráticas en Túnez y en Egipto, la revolución ucraniana vendrá seguida de un período post-revolucionario incierto, largo y peligroso. ¿Es una razón para no alegrarse? Eso es lo que dirán aquellos que generalmente señalan los peligros a la hora de unir esfuerzos contra la tiranía, a riesgo de hacer el juego a los dictadores y a la contrarrevolución. ¿Es una excusa para no mirar los peligros de frente?. Por supuesto que no.

Existe el riesgo de ver a la extrema derecha, ya sea islamista como en los países árabes o neonazi como en Ucrania, aprovecharse de la democratización; pero eso no es una razón para lamentar el derrocamiento de Mubarak, Ben Ali o Yanukóvich.

Propaganda rusa

Rusia, sus cadenas de televisión y sus espías repiten en bucle que no se trata de una revolución sino de un « golpe de Estado ». Los conspiracionistas le salen al paso y creen ver un « complot yankee », como cada vez -o casi- que un pueblo se rebela. Como si los Estados Unidos tuvieran las ganas, la necesidad o incluso los medios de pagar a centenares de miles de manifestantes, durante tres meses, para derrocar un régimen como el de Ucrania y ponerse en contra a la poderosa Rusia. Moscú denuncia la « injerencia » de la Unión Europea, ¡como si ésta tuviera los medios y las ganas de « comprarse » una deuda suplementaria, la ucraniana! La realidad es que una gran parte del pueblo ucraniano se ha vuelto hacia Europa por voluntad de adherirse a valores como el Estado de Derecho no corrupto y por rechazo al imperialismo (injerencia, en este caso) ruso. Y que la Rusia de Putin, formado en los viejos métodos de la KGB, no retrocederá ante nada para reventar esta revolución y su posteridad.

Cuando Moscú no intenta hacer creer que Maïdan va a convertir Ucrania en un país homosexual, se dedica a agitar el espectro de un golpe de Estado fascista. Hay que recordar que esta acusación ya se utilizó para intentar desacreditar la Revolución Naranja y su candidato: Viktor Yushenko. Grupos filonazis fueron pagados, incluso, para que desfilaran coreando su nombre, algo que por supuesto él no había solicitado.

Frente a la revuelta de Maïdan, la prensa rusa ha llegado hasta a inventar un retrato de Hitler ondeando sobre las barricadas. Eso sí, no ha tenido que inventar la existencia de manifestantes ultranacionalistas, bien reales y presentes en la línea del frente. Sencillamente, el régimen ucraniano ha jugado un doble juego. Como ha explicado Timothy Snyder, éste ha consistido en decir a la policía antidisturbios que los manifestantes eran judíos, para excitarla; mientras explicaba al resto del mundo que esos mismos manifestantes eran nazis, para separarlos de sus apoyos. Lo cual da una idea de la complejidad de la vida política ucraniana.

Los neonazis existen, pero…

Igual que había islamistas en la Plaza de Tahrir, había ultranacionalistas en la Plaza Maïdan. Pero no son más que una parte de una revuelta mucho más amplia, que reivindica una Ucrania independiente, más democrática y menos corrupta. Eso no significa que no haya que inquietarse por esta extrema derecha, muy radical e incluso nostálgica del nazismo, presentado como una fuerza liberadora del bolchevismo y, por tanto, del imperialismo ruso.

Esta extrema derecha va a pesar en el juego democrático ucraniano post-Yanukovich, pero menos de lo que pesa el Frente Nacional, pro-Putin, en Francia (que denuncia a los ultranacionalistas ucranianos para respaldar el ultranacionalismo imperialista ruso), y mucho menos de lo que van a pesar los islamistas en las post-primaveras árabes. Por una razón: porque existe en Ucrania una oposición organizada, que cuenta, según los sondeos, con un mayor apoyo que el partido Svoboda [ultranacionalista ucraniano].

Pero sí, por supuesto, los demócratas deberán batirse simultáneamente contra la corrupción y contra esta fuerza de aspiraciones totalitarias, si quieren ver emerger una Ucrania a la vez independiente y democrática.

La suerte del dictador

El primer acto de esta transición pasa por un mandato de detención contra Víktor Yanukóvich, acusado de « dictador » y perseguido por « crímenes masivos ». ¿Es una acusación demasiado grave? De igual forma que la democracia no se limita a tener elecciones libres, la dictadura puede responder a distintas caracterizaciones. Pero sí, parece que el término puede aplicarse a los últimos días del mandato de Yanukóvich. Desde luego, fue elegido. No hay ninguna prueba de que cometiera fraude en los dos últimos escrutinios, como sí ocurrió en 2004, cuando la magnitud del fraude electoral provocó la Revolución Naranja… Pero era claramente un presidente ilegítimo, al frente de un Estado mafioso, una mafiocracia, donde la prensa estaba bajo control, donde la justicia estaba al servicio de la venganza gubernamental y donde miembros de la oposición, periodistas o activistas, podían ser apaleados con total impunidad.

Ha habido incluso desapariciones entre los manifestantes de Maïdan. Como ese opositor célebre, Dmytro Boulatov, secuestrado, golpeado y crucificado. Se le cortó una oreja y se le hirió gravemente el rostro. Como ocurre con frecuencia en Ucrania, fueron milicianos quienes se ocuparon. Hombres que, según Boulatov, tenían un fuerte acento ruso, no ucraniano. ¿Ha dejado el régimen que milicianos rusos hagan el trabajo sucio? Harán falta investigaciones para saberlo.

Una cosa es segura: Yanukóvich debe ser procesado, por estas torturas y por « crímenes masivos ». Incluso si algunos manifestantes estaban efectivamente armados con carabinas en la Plaza Maïdan, después de meses de resistencia pacífica, las imágenes no dejan ninguna duda sobre el hecho de que francotiradores progubernamentales (¿ucranianos y rusos?) tiraron con fuego real, al cuello y al corazón, es decir, a matar, contra manifestantes desarmados, como los camilleros, o solo equipados con escudos. Por estos crímenes de Estado, Yanukóvich puede ser considerado un dictador y debe ser procesado por la justicia; pero por una justicia independiente. Este aspecto, la independencia judicial, es una de las reformas que la oposición tiene pendientes.

¿Qué futuro para la revolución?

Digámoslo claramente. Yulia Timoshenko no es la alternativa con la que sueñan la mayor parte de los manifestantes de la Plaza Maïdan. Timoshenko tiene un pasado de oligarca y un pasivo político. Incluso si pasó los dos últimos años injustamente en prisión, y merecía ser liberada, los manifestantes quieren una clase política renovada, que haga frente a la corrupción. Como al día siguiente de la Revolución Naranja. Desgraciamente, Timoshenko no estuvo a la altura.

Hay que recordar la esperanza que concitó Víktor Yúshenko, el hombre de la Revolución Naranja, y su gobierno, dirigido por Yulia Timoshenko. En aquel momento, expulsaron a miles de funcionarios para intentar controlar la corrupción. Sin éxito. Y eso es quizá lo más desesperante. La plaga mafiosa será más difícil de erradicar que la tentación dictatorial. Sobre todo, porque Ucrania se encuentra en una situación económica catastrófica.

La hipoteca rusa

La Unión Europea, que ha hecho soñar a Ucrania, no tiene gas que ofrecerle, ni una chequera mágica como Rusia. Pero tiene valores y la responsabilidad de ayudar a Ucrania en este largo, larguísimo camino plagado de trampas que puede llevarla, finalmente, a una verdadera independencia.

Entretanto, Rusia hará todo lo posible para desacreditar y hacer fracasar la revolución de Maïdan. Es una cuestión de supervivencia. Por amor propio, por la idea imperial que tiene Putin, y quizá aún más para evitar que los « colonizados » ucranianos animen las tentaciones de revuelta del pueblo ruso, un poco como los tunecinos sirvieron de ejemplo a los egipcios. Putin va, por tanto, a poner toda la carne en el asador.

Podemos esperar cualquier cosa, tanto en términos de propaganda como de operaciones de desestabilización. Tiene los medios para imponerse en esta segunda mano, en esta revancha, hasta el punto de romper Ucrania y anexionarse su parte oriental. Habrá que contar con él, asociarlo, encontrar un compromiso para evitar lo peor. Pero no renunciar a la exigencia de una Ucrania independiente, democrática, menos corrupta y en paz con sus dos vecinos. No es cuestión de honor de un pueblo, sino del honor de todos nosotros.

En estos tiempos en que el cinismo, el miedo y el dinero parecen poder dominarlo todo, la aspiración a la libertad y a la dignidad quizá tenga un coste, pero no debería poder comprarse.

Caroline Fourest

Ensayista, feminista y periodista. Diplomada en Historia y Sociología en el EHESS y en Ciencias Políticas, es titular de un DESS en comunicación política obtenido en la Sorbona (Francia). Redactora jefa de la revista ‘Prochoix’ y colaboradora en diversos medios en Francia.

[Artículo traducido por Juan Antonio Cordero Fuertes, publicado en la versión francesa de The Huffington Post y reproducido en CRÓNICA GLOBAL con autorización]

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