LA BLASFEMIA O LA VIDA

 

El islam político suní radical de las últimas décadas se ha ido cociendo en dos laboratorios: Egipto y Pakistán. Mientras el primero hierve de esperanzas frágiles, el segundo se adentra en las tinieblas. El asesinato del ministro de minorías religiosas, Shahbaz Bhatti, ofrece motivos para la inquietud. Bhatti pretendía reformar la ley sobre la blasfemia, heredada del Imperio británico y reforzada por el general Zia, en 1982, para complacer a los integristas. Desde entonces, sirve para oprimir a las minorías religiosas, sobre todo ahmadíes, hindúes y cristianas. Cerca de 600 personas, entre las cuales se encuentran 80 cristianos, se pudren en la cárcel por culpa de esta ley.

 

Como esas dos enfermeras, arrestadas en 2009 por haber desplegado una imagen de Jesús crucificado: una blasfemia, puesto que Jesús no fue crucificado, de acuerdo con el islam. O, más recientemente, Asia Bibi, la campesina que se atrevió a comparar a Jesús con Mahoma. Linchada y violada, se refugió en una comisaría… donde fue detenida por blasfemia.

 

Miembros de la élite pakistaní protestan contra esta ley, a riesgo de sus vidas. Antes que el ministro de minorías, fue el gobernador de Punjab quien pagó el precio de alzar la voz: fue asesinado por su guardaespaldas. Un crimen saludado como heroico por una gran parte de la calle pakistaní, y también por una parte de las élites. ¿Cómo sorprenderse de que los asesinatos continúen?

 

Esta vez, son los talibanes pakistaníes –alimentados por los servicios secretos estatales, la Inteligencia Inter-Servicios (ISI)—los que reivindican la ejecución. Algo que permite a ciertos islamistas aludir a un supuesto “complot” para rehabilitarse. Los islamistas adoran endosar a otros la responsabilidad de sus propios actos, ya sea en Pakistán, en Argelia o en Egipto.

 

Incluso en Europa, en los platós de televisión, los embajadores de los Hermanos Musulmanes del Centro Islámico de Ginebra o de la Unión de Organizaciones Islámicas de Francia (UOIF) nos cuentan que los coptos egipcios no han sido nunca oprimidos por los islamistas… sino a causa de Mubarak. Como en el caso de Argelia, no se puede excluir que el régimen egipcio haya imaginado verdaderas encerronas para dividir y vencer. Pero la intolerancia hacia las minorías es cotidianamente alimentada por los islamistas. Aún hoy, después de que Mubarak haya sido derrocado, los coptos son acosados… por mucho que pese a los Hermanos Musulmanes, que avivan el fuego del islam político, y por tanto de la presión sobre las minorías, pero se presentan como pacificadores cuando la tensión llega demasiado lejos.

 

Existe un vínculo histórico, por cierto, entre la hermandad egipcia y Pakistán. En 1947, cuando el joven país valora basar su Constitución en el Corán, los Hermanos Musulmanes envían a un embajador. Brillante orador y fino estratega, es rápidamente adoptado por la alta sociedad pakistaní, que lo acoge como uno de sus intelectuales. Para su satisfacción, Pakistán se dota de una Constitución que proclama la sharía. Algo que, lógicamente, lleva a combatir la blasfemia. Y por tanto, a oprimir a las minorías religiosas.

 

Este embajador tenía un nombre: Saïd Ramadan. Tras haber vivido en Pakistán, fundó el Centro Islámico de Ginebra, desde donde los Hermanos Musulmanes agitan desde entonces el debate público europeo. Sus embajadores están, de nuevo, bien presentes en el paisaje audiovisual francés, sin duda para confortar a la UMP en su lanzamiento del enésimo debate sobre el islam de Francia… los extremos no dejan de obsequiarse.

 

Entre tanto, y sin que sirva de precedente, el optimismo viene del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Tras haber suspendido a Libia, el Consejo podría revisar su resolución contra la “difamación de la religión”, la otra denominación de la blasfemia. Una cruzada lanzada, en buena parte, por Pakistán. El asesinato de su ministro demuestra que este enfoque es contraproducente y debe ser abandonado. La alta comisaria de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, le “exhorta” a reconocerlo. Decididamente, las cosas cambian.

 

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

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