Democratizar tras secularizar

¿Hay que desear elecciones libres cuando un régimen totalitario amenaza con triunfar por las urnas? ¿Unas elecciones pueden servir para dar las llaves de una democracia imperfecta a los enemigos de la democracia? Es el dilema recurrente del mundo árabe-musulmán. Se planteó de forma dramática en Argelia. Se plantea en la víspera de cada convocatoria electoral en Egipto. Si fuera simple resolverlo, hace tiempo que se habría hecho. En teoría, dos tentaciones abstractas se enfrentan: la de la democracia angélica y la de la democracia cínica.

 

El angelismo cree poder reducir el alfa y el omega de la democracia al hecho de organizar elecciones libres, sin preocuparse del resultado. Poco importa que esas elecciones lleven al poder a tiranos, a fascistas… que no devolverán las llaves al término de su mandato. Ese era el peligro cuando el Frente Islámico de Salvación (FIS) amenazaba con ganar las elecciones en Argelia. Ese es el peligro que pesa sobre la victoria de un movimiento como los Hermanos Musulmanes en Egipto. Pese a su cara amable, el hecho de que hayan sido martirizados por el régimen egipcio no debería confundir a nadie. Para ellos, la democracia no es más que un medio… con el que desarrollar una revolución cultural integrista de vocación expansionista y totalitaria.

 

Los partidarios del “mal menor” están dispuestos a todo para cerrarles el paso. ¿Hasta el punto de apoyar a gobiernos cínicos? Con la excusa de impedir la llegada del integrismo al poder, los regímenes árabes amordazan tanto a los integristas como a los demócratas laicos. Como Mohamed El-Baradei, al que se le impidió presentarse a las elecciones presidenciales. Algo que cierra la puerta a toda alternativa real, y por tanto a la democracia.

 

¿Cómo salir del círculo? No hay receta mágica. Tan sólo el veneno es bien conocido. Intentar la democracia sin haber secularizado previamente, como en Argelia, lleva a la dictadura religiosa o a la guerra civil. Secularizar y retrasar la democratización, como en Turquía, no evita el auge islamista, pero permite contenerlo más. Su efecto parece más bien democrático. Incluso si el riesgo de ver a un gobierno islamista turco deshacer los contrapoderes laicos, militares y judiciales, está lejos de descartarse… Este proceso explica por qué el islamismo del AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) es indudablemente menos peligrosos que el de los Hermanos Musulmanes en Egipto.

 

Es también una cuestión de calendario geopolítico. En el puzzle de naciones, Egipto es el foco histórico del integrismo suní. Si su triunfo tuviera lugar antes del derrocamiento del régimen teocrático iraní, la victoria electoral de los Hermanos Musulmanes egipcios podría estimular la Internacional islamista y potenciar su espiral de radicalización. Después de ese derrocamiento, podría limitarse a la escena nacional y tomar la vía de un islamismo a la turca. A condición de que entretanto, Egipto se hubiera secularizado… algo que está lejos de ser fomentado.

 

Los observadores externos deben aceptar la complejidad de este mecanismo si quieren contribuir sin jugar a los aprendices de brujo. No se trata de escoger entre un régimen autoritario y un movimiento totalitario. El primero se sirve de la amenaza integrista para diferir la democracia. El segundo pretende encarnar la alternativa, pero tan sólo aspira a una dictadura en nombre de la sharía. Ahogados entre unos y otros, los demócratas laicos son los únicos que merecen nuestra solidaridad.

 

Para apoyarlos, hay que aceptar que la referencia a un valor superior a la democracia –la teocracia—sea razón suficiente para descalificar a un candidato o a un partido integrista. Velando, eso sí, por el respeto absoluto de las libertades públicas, más allá de esta restricción. Con la esperanza de que los ciudadanos del mundo árabe-musulmán tengan un día la opción de elegir algo distinto… de la peste y el cólera.

 

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde.

Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

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