La trampa del término “islamofobia”

El racismo anti-musulmán existe. Desde el 11 de septiembre, cabe temer, legítimamente, que tome hábilmente el relevo al racismo anti-árabe so pretexto de combatir el islamismo. Desgraciadamente, más que denunciar este racismo contra los musulmanes, con frecuencia se prefiere llamarlo con una denominación más corta pero más confusa: la de “islamofobia”. Aunque a veces se utiliza de buena fe, su etimología –“fobia hacia el islam”—sirve sobre todo para hacer pasar cualquier crítica hacia la religión musulmana, o hacia el integrismo musulmán, por una forma de racismo hacia los musulmanes, una suerte de “musulmanofobia”. Algo que contribuye a sembrar la confusión, incluso a hacer derivar el combate antirracista en una lucha anti-blasfemia. Este es, por otro lado, el objetivo que persiguen las redes que empezaron a utilizar el término. Un ejemplo entre otros: en Inglaterra, a finales de los años ochenta, poco después de haber liderado la campaña contra los “Versos satánicos” de Salman Rushdie, diversos grupos islamistas comprendieron que su batalla sería más eficaz si reclamaran la censura no debido a la blasfemia, sino en tanto que minoría víctima de “islamofobia”. La forma cambia, pero el objetivo persiste: acallar cualquier crítica al islam. La Islamic Human Right Foundation, una de esas organizaciones islamistas que intentan hacerse pasar por el equivalente musulmán de Amnistía Internacional, y como tal participa en todo evento antirracista o antiglobalización, definía la “islamofobia” como un “atentado contra los derechos de Dios”.

A sus ojos, las principales víctimas de islamofobia son los talibanes, y los principales islamófobos no son otros que Taslima Nasreen y Salman Rushdie. Esta trampa semántica, diseñada para hacer pasar las demandas de censura integrista como reivindicaciones antirracistas, y a los apóstatas como racistas, se parece mucho a otra concebida en la misma época en las redes de la extrema derecha cristiana, bajo la batuta de Bernard Antony, electo del FN y jefe de la Asociación General por el Respeto a la Identidad Francesa. Tras haber liderado una campaña contra la “Última tentación de Cristo” de Martin Scorsese, comprendió que sería más eficaz denunciar como “racismo anti-cristiano” cualquier dibujo o cartel que ofendiera la fe cristiana. Lo cual afectaba, con cierta frecuencia, a Charlie Hebdo. Sin embargo, la misma izquierda antirracista que entiende rápidamente la trampa tendida en torno a la expresión “racismo anti-cristiano” o “cristianofobia”, se desgarra a causa del término “islamofobia”. Ciertos sectores utilizan el término para dirigir su combate más contra la difamación de religiones que contra el racismo. Y la confusión avanza entre la juventud: según un sondeo realizado por “La Croix” en el momento del proceso de las caricaturas de Mahoma, tres cuartas partes de los entrevistados entre 18 y 25 años piensan que reírse en público de la religión es racista. Estos jóvenes parecen no distinguir entre una crítica de carácter esencialista, orientada a inferiorizar una categoría de individuos, de la crítica a una ideología o a una religión. Algunos emplean el término “islamofobia” como utilizan “homofobia”, sin observar que existe una diferencia semántica de categoría. La homosexualidad no es ni un sistema de pensamiento, ni una religión: es una orientación sexual. Difícilmente se puede tener fobia a la homosexualidad sin tenérsela a los homosexuals.

Esta alusión psiquiátrica, que denuncia un racismo hacia determinada gente por lo que son, no es pertinente cuando se trata del islam, que es un sistema de valores y que debe poder ser criticado como tal, salvo que queramos cerrar la puerta a cualquier espíritu crítico, a cualquier laicidad.

Esa es la ambición, apenas velada, de un libro titulado “La nouvelle islamophobie” [La nueva islamofobia], publicado en 2003 por Vincent Geisser, un investigador del CNRS muy apreciado por los círculos integristas. El autor reconoce querer denunciar la “religiofobia” y más particularmente la “islamismofobia”, es decir, la fobia hacia los islamistas (no ya el conjunto de los musulmanes), algo que le permite situar en la categoría de islamófobos a todos los periodistas feministas y laicos, al rector de la Mezquita de París o incluso a SOS Racismo. El libro tuvo un cierto éxito, al replicar la obra de Pierre-André Taguieff, “La nouvelle judéophobie” [La nueva judeofobia], cuya construcción semántica plantea más o menos los mismos problemas, pero tiene un alcance distinto. Porque hoy, y no hace más que unas pocas semanas, es en nombre del rechazo a la islamofobia que el Consejo de los Derechos Humanos de la ONU ha prohibido a las ONGs plantear la más mínima crítica a la religión dentro del perímetro de las Naciones Unidas, aunque sea para denunciar los crímenes cometidos contra las mujeres, los homosexuales o cualquier minoría religiosa. Algo que da una idea de la urgencia de abandonar el término “islamofobia” para volver a aprender a denunciar el racismo, sin seguir el juego a los integristas.

 

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

Reproducido en español con autorización de la autora.

Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

Laisser un commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l'aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion / Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l'aide de votre compte Twitter. Déconnexion / Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l'aide de votre compte Facebook. Déconnexion / Changer )

Photo Google+

Vous commentez à l'aide de votre compte Google+. Déconnexion / Changer )

Connexion à %s